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Cartas II

 

                                                       II

 

         Palma de Mallorca, 12 de octubre de 1887. Con motivo de algunos propósitos no cumplidos, hechos en los Ejercicios Espirituales, el Siervo de Dios exhorta a todas las Hermanas a tomar con toda entrega el cumplimiento de las exigencias de la propia vocación, de las que hace una síntesis.

 

         Vigilate et orate ut non intretis in tentationem. Spiritus quidem promptus, caro autem in firma (Math., cap. 26, v.41).

 

         Velad y orad para no caer en la tentación. Que si bien el espíritu está pronto, mas la carne es flaca (S. Mateo, cap. 26, v.41).

 

         Amadas hijas en nuestro Señor:

 

         Poco más de un año hace que oísteis en los santos Ejercicios que se hicieron en esta casa de Palma la voz de vuestro Padre, que deseoso de vuestro bien os llamaba con solicitud paternal a la santificación de vuestras almas. Recordaréis fácilmente la sustancia siquiera de tantas pláticas dirigidas a inocular en vuestros corazones el germen fecundo de las virtudes religiosas, que os debían elevar a una gran santidad, arrancando de raíz la cizaña, que con tanta insistencia ha procurado sembrar el enemigo en el campo de la religión. Recordaréis los raudales de gracias con que bendijo el Señor aquellos días de retiro en los que se dignó hablar a vuestros corazones, logrando que vuestras almas llenas de entusiasmo formaran tan magnánimas resoluciones, que en breve pudiesen transformar el Instituto en un jardín de perfección. Recordaréis finalmente aquel día de despedida, en el que renovados los votos de la profesión, y la fidelidad de la observancia de la santa Regla, se confundieron vuestras lágrimas, se embargaron vuestras lenguas, y ardieron vuestros corazones en fervorosos deseos de llegar al heroísmo de la santidad, despidiéndoos para siempre de todos los afectos terrenos. ¡Ojalá todas, todas sin excepción alguna, hubiesen sacado y conservado tan precioso fruto de los santos ejercicios! ¡Ojalá no se hubiese ninguna enfriado en el amor divino, conservando siempre aquel admirable fervor, que rechazaba todo asomo de tibieza!.

 

         Pero ¡ah! una triste experiencia ha demostrado que endurecieron algunas sus corazones y resistieron a los benéficos influjos de la gracia. Su sombrío semblante ya presagiaba entonces lo que después ha descubierto el tiempo, ¡ay! su rebeldía y los procedimientos con que han acreditado su descontento y desvío de la Religión, hollando con desprecio las prescripciones reglamentarias, y perturbando el bien inestimable de la paz, al paso que otras se han entibiado en el fervor de la vida espiritual. ¡Qué desgracia! A cada una de ellas, y al oído de su corazón, clamaré con San Pablo: (Ad Eph. 5,14) "Despierta tu que duermes y levántate de entre los muertos, y Cristo te iluminará". ¡No permita Dios que persevere ninguna en su ceguedad! Sea humilde, sea sumisa, y recobrará la vida espiritual que ha perdido. Jesucristo disipará las tinieblas de su entendimiento y las extraviadas tendencias de su voluntad.

 

         Hora es, amadas Hijas, de ser fieles a la vocación, de poner en práctica las resoluciones de los santos ejercicios, de recobrar aquel primitivo fervor con que Dios desea elevaros a una gran santidad, de proclamar, en fin, con los hechos que no sois del mundo, sino de Jesucristo, a quien os habéis consagrado. Así opondréis la debida resistencia a las múltiples tentaciones con que el enemigo intenta perderos, pues siempre "como león que ruge, en expresión de San Pedro (Ep. 1,5), da vueltas en busca de presa que devorar: resistidle fuertes en la fe". Sí, toda esta fortaleza se necesita, la fortaleza de la fe. Velad y orad!.

 

         Bien sabéis con que insistencia inculca este terrible enemigo que no se haga caso de la observancia de las reglas, que se resista y se juzgue como se quiera a los Superiores, que se introduzca el tedio y el desaliento en la Congregación, que se miren con indiferencia los votos religiosos hasta llegar a pisarlos con el mayor descaro por la apostasía, haciendo caso omiso de los compromisos de justicia contraídos por la profesión, y finalmente que se crea poder encontrar a Dios, aun cuando se huye de él abandonando escandalosamente la Religión. Para inocular veneno tan mortífero esparce con la mayor astucia en la atmósfera religiosa los miasmas deletéreos de cosas tan frecuentes, como poco advertidas: ¡ay! las resistencias y las quejas. Temblad, Hijas mías, temblad cuando el enemigo os arrastre, aunque sea con pretexto de celo, a la diabólica pasión de las quejas; pasión que todo lo invade y todo lo envenena; por ella se enfría la caridad, se perturba la paz, se destruye la unión, y se pierde el respeto y la obediencia a los mismos Superiores, coartándoles la libertad de acción que les corresponde para cumplir debidamente los deberes de su cargo. ¡Pobre Religión cuando adolece de un cáncer tan corrosivo! Y no se diga que se acude a ellas con un fin recto, con miras de bien común, como medidas de orden. ¡Ah! ¿Puede encontrarse el orden en lo que trastorna todo orden? "¿De dónde nacen las discusiones y querellas, os diré con Santiago (Ep. C.4,1), entre vosotras? ¿No es de vuestras pasiones que hacen la guerra en vuestros miembros?". Rasgad el velo que oculta vuestros corazones, y veréis claramente que todo lo que os preocupa obra es de la carne, todo está saturado de amor propio, y mucho más si en vuestras querellas buscáis el sigilo y la clandestinidad, circunstancias que suelen indicar mala fe, o malicia, mayormente si se dirigen aquellas contra personas de cuyos actos ni siquiera podéis hablar. Tened presente lo que dice Jesucristo en el Evangelio (Joan.3,20): "El que obra el mal aborrece la luz, para que no sean reprendidas sus obras". Si buscáis el bien, hablad a la luz del día: no encubráis con la oscuridad vuestros actos: lo que ocultamente se dice carece de toda garantía de justicia y de verdad, y solo sirve para facilitar la calumnia, la sospecha y la desunión. Acordaos de lo que dice el Apóstol: (Ad G. 5,24) "Los que son de Cristo han crucificado su propia carne con sus vicios y concupiscencias". Velad y orad.

 

         Mucho importa, Hijas mías, que para no desmayar en la vigilancia tengáis siempre grabados en vuestros corazones, y nunca perdáis de vista, los puntos siguientes.- Perpetuidad de la vocación.- No eligiéndose a si mismas las religiosas, sino escogiéndolas Dios de entre la multitud de mujeres del mundo para elevarlas a la alta dignidad de esposas suyas en un Instituto religioso, inmutable debe considerarse la vocación por no estar en nuestra mano señalar límites a la voluntad divina, ni confundirla con la volubilidad humana, y toda vez que ha aceptado Dios el homenaje de la profesión de una religiosa en un Instituto, ligándose con él por el vínculo de justicia de servirle en cambio del derecho de filiación que de él ha adquirido, en éste, y no en otro, debe fijar para siempre su morada; de donde resulta ser una tentación insidiosa, no solo el pensamiento de abandonar la Religión, sino también del tránsito de otro Instituto. "Este es el lugar de mi descanso, ha de decir la religiosa con el real Profeta (Sal. 131, 15), aquí permaneceré constantemente". Con esto se ve el horror que debe inspirar el desprecio que hace de la vocación con la amenaza de abandonar la vida religiosa, desprecio que provoca el enojo de Dios, a quien se ultraja, y de la religión, cuyos derechos se conculcan.

 

         Votos.- Segura ya de su vocación, y consagrada a Dios la religiosa por los votos de pobreza, castidad y obediencia, que constituyen la profesión y la esencia del estado religioso en Instituto aprobado por la Autoridad de la Iglesia, debe esmerarse en adquirir la perfección aneja a la observancia de los mismos votos, teniendo presente que por el de pobreza queda privada de la propiedad de todas las cosas, y del uso independiente aun de las necesarias, cuya infracción será siempre pecado, grave, o leve, según la materia. Esta es la espada que debe portar para siempre todos los vínculos de carne y sangre, todos los apegos materiales, y todos los afectos terrenos, dejando a la religiosa expedita para volar y unirse con Dios, único que ha de llenar su corazón, pues como dice San Agustín: "Muy avara es el alma a quien Dios no basta". [cf Enar. in Ps. 30, 4 PL 36,250; Serm. 19,5 PL 38, 136; Serm. 105, 3, 4 PL 38, 620]. Por el de castidad no puede sin pecado separarse de los desposorios espirituales celebrados con Jesucristo, siendo sacrílega toda infracción contra la misma virtud, a cuyo fin debe ser en todo modesta, recatada y recogida. Por el de obediencia finalmente no le es lícito abandonar el Instituto religioso, que en nombre de Dios ha aceptado la consagración de su voluntad, debiendo servirle con todo su corazón, como una hija dócil sirve a su padre, interesándose de veras en su prosperidad espiritual y material. No miren pues con indiferencia ninguna cosa de la Congregación, y tengan todas el mayor celo y actividad en cualquiera de sus intereses, mayormente estando, como están, ligadas con ella por todo el tiempo de su vida. No olviden que la obediencia es la base de la religión; con ella todo se obtiene, y sin ella nada se alcanza; ella es la salud y la vida de la religiosa. En alas de tan sublime virtud se remonta la criatura hasta el Criador, cuyo corazón se rinde dulcemente a la voluntad de la criatura. Voluntatem timentium se faciet. Psal. 144,19.

 

         Regla.- Para facilitar la santificación de su alma tiene la religiosa una luz brillante que la dirige, un conjunto de preceptos que la estimula, un cúmulo de gracias que la auxilia y la sostiene: la santa Regla. Sí, amadas Hijas, ahí tenéis la voluntad de Dios que siempre os llama a su amor, la voz de la Iglesia que continuamente os recuerda la obligación de ser buenas, de ser perfectas, de ser santas. "Todos los regulares, así hombres como mujeres, dice el santo Concilio de Trento (ses. 25, c.1) Instituyan y arreglen su vida a las prescripciones de la Regla que han profesado". El Espíritu Santo es quien lo dice: lejos pues de vosotras el error diabólico de que la regla no obliga a pecado, o de que estando sujeta a modificaciones puede mirarse con indiferencia. La Regla en su esencia nunca se muda; solo las Constituciones o Estatutos que determinan el modo de ser religioso podrán accidentalmente modificarse como mejor convenga, y aconseje la experiencia. Hay prescripciones del Reglamento que no obligan a pecado, otras que obligan a pecado venial, y otras a pecado mortal. Constituye siempre culpa la transgresión de la Regla, si se falta a ella por desprecio, si la trasgresión lleva consigo un peligro próximo de incurrir en pecado mortal, si infiere un daño de consideración a la disciplina religiosa, si envuelve la violación de algún voto, si expone a la religiosa a su expulsión, y finalmente si por este acto se falta al precepto de dirigirse a la perfección. Esta es la doctrina de los canonistas y teólogos ¡ay Hijas mías! ¡Cuán pocas serán las faltas de Regla que no estén comprendidas en alguno de estos casos! Examinad vuestros actos y veréis con que facilidad comprome­téis vuestra conciencia. La sola frecuencia de las transgresiones ya es un desprecio práctico de la regla, y por lo mismo un pecado; muchísimos actos exponen a la violación de algún voto o a otro pecado mortal; casi nunca dejan de inferir grave daño a la disciplina regular, y cuando no provoquen la expulsión de la religiosa por la tolerancia de los superiores tal vez demasiado benignos en este punto, vienen a ser la dolencia habitual, y aun la muerte de la perfección. ¡Oh Dios! ¿Cómo con actos imperfectos, o malos, puede aspirarse, o alcanzarse la perfección? Desengañaos, amadas Hijas; sin la observancia de la santa Regla nunca seréis perfectas, ni fieles a la vocación religiosa, y más aun podré deciros en sentir de los moralistas, que sin ella no está segura vuestra salvación. Velad y orad para no caer en la tentación.

 

         De desear es que meditéis mucho esta carta y bien penetradas de su contenido resolváis eficazmente llevar desde luego a efecto los santos propósitos de los últimos Ejercicios; detestar y aborrecer toda clase de quejas, resistencias y recriminaciones; apreciar cordialmente la dignidad de esposas de Jesucristo de que estáis revestidas, respetando siempre el don inestimable de la vocación; observar exactamente los votos religiosos, y los artículos todos de la santa Regla; y finalmente hacer los mayores esfuerzos para obtener el bien inapreciable de la unión íntima entre todas, prenda segura de la paz, de la alegría y del encanto de la vida religiosa. ¡Ay! La que no tenga estos deseos no pertenece a la Religión, es su enemigo, sin embargo si alguna hubiere por desgracia, no desespere: recen todas con fervor para alcanzar su curación, y será no lo dudéis, indefectiblemente curada.

 

         ¡Oh Dios! ¡Que tengan todas un solo corazón y una sola alma! ¡Que vivan todas de vuestro espíritu, y ardan sus corazones en la fragua de vuestro amor. Finalmente, ¡oh Dios de bondad!, dignaos concederme que para obtener bienes tan grandes tenga el consuelo de bendecir en representación vuestra, como lo hago con toda la ternura de mi corazón, a mis amadas hijas en Jesucristo. En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.

 

         Palma, 12 de Octubre de 1887.

                                               El Superior,

                                     Sebastián Gili presbítero

                                               (Rubricado)

 

         Esta carta se leerá a toda la comunidad en tres días consecutivos, meditándose después un rato sobre su contenido, y se dará cuenta de haberse así verificado."

 

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