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Artículos

Primera parte

Primera Parte. El espíritu de la Congregación.

Introducción

1. Todos los cristianos estamos llamados a la santidad, esto es, a la caridad perfecta. Pero hay en la Iglesia diferentes vías para alcanzar el fin, porque, al decir del Apóstol, cada cual tiene de Dios su propio don; quien de una manera, quien de otra.

2. Entre todas estas vías la Iglesia ha estimado de una manera especial las que siguen quienes profesan los consejos evangélicos de castidad, pobreza y obediencia, que se funda en la doctrina y ejemplos del Divino Maestro y aparece como signo preclaro del Reino Celestial.

3. Nosotras, al escoger esta vía, nos hemos consagrado a Dios de una manera peculiar, para seguir al Señor con más libertad e imitarle más de cerca. Queremos vivir más y más para Cristo y su Cuerpo, que es la Iglesia.

4. Fieles a la llamada del Espíritu, algunas personas experimentaron una vivencia religiosa tan profunda que, traducida en un carisma peculiar, la transmitieron a otras personas, surgiendo así las familias religiosas. Entre estas personas figuran San Agustín, Padre espiritual de la Orden Agustiniana y el Siervo de Dios Sebastián Gili Vives, nuestro Padre Fundador.

Capítulo I. Origen, naturaleza y fin de la Congregación

Origen

5. Padre Sebastián fundó la Congregación en Palma de Mallorca el 6 de febrero de 1859 con la aprobación del Obispo Miguel Salvá Munar. El 17 de enero le había sido dado el decreto de agregación a la Orden Agustiniana. El 24 de enero de 1978 fue declarada Congregación de derecho pontificio.

Naturaleza

6. Nuestra Congregación es un instituto de derecho pontificio, que trata de unir, en armonioso equilibrio, la vida de oración y acción. En ella se emiten votos públicos. A los perpetuos preceden los temporales por un tiempo limitado de prueba. En virtud de la misma profesión todas las Hermanas tenemos los mismos derechos y obligaciones, a tenor de las Constituciones.

7. El título de la Congregación es el de Agustinas Hermanas del Amparo. Sus siglas son A.H.A., y por nuestra pertenencia a la Orden de San Agustín, O.S.A.

8. De acuerdo con la Regla de San Agustín, el fundamento de nuestra vida religiosa es la vida común: comunión de vida y comunidad de bienes. A través de la vida común las Hermanas, unidas en el amor de Cristo, nos servimos mutuamente, vivimos del bien común y trabajamos con todas nuestras fuerzas por la Comunidad. Caminamos juntas dedicándonos concordemente a la búsqueda de Dios y a la proclamación de su reino.

9. La dimensión de nuestra vida común no se agota, ni se reduce a los límites de la Comunidad local, sino que se perfecciona extendiéndose a toda la Congregación, que es nuestra principal familia en la Orden y en la Iglesia, Comunidad suprema de todos los cristianos.

10. Nuestra Congregación es una Comunidad fraterna y apostólica, al servicio del pueblo de Dios. Para desempeñar mejor nuestro cometido, yendo a cualquier lugar donde nos lo pidan las necesidades de la Iglesia, no prometemos estabilidad en ningún lugar, sino solo en la Congregación.

11. Nuestra fraternidad es fruto de la caridad, derramada por el Espíritu Santo en nuestros corazones y, al vivirla primero en nuestra Comunidad agustiniana, nos prepara para reconocer y vivir la fraternidad universal en Cristo.

12. Se manifiesta en la igualdad de todas las Hermanas, sin privilegios y distinciones, y en la estructura de la Congregación. La autoridad colegial suprema reside en el Capítulo General, que representa a toda la Congregación. La participan los otros Capítulos según las Constituciones. De ahí la gran importancia que tienen en nuestra Congregación los conceptos de representación y elección.

13. En virtud de nuestra tradición agustiniana, una de nuestras características especiales ha de ser la fidelidad al Papa y a la Iglesia universal, a la cual hemos de venerar de un modo singular como Madre. De su unidad deben ser fermento y signo nuestras Comunidades.

Fin

14. El fin de nuestra Congregación consiste fundamentalmente en que, unidas concordemente en fraternidad y amistad busquemos a Dios, le rindamos culto y trabajemos al servicio de su pueblo.

15. La actividad apostólica propia de nuestra Congregación está expresada en las siguientes palabras de nuestro Padre Fundador:

a)Tender una mano bienhechora al desvalido, prestar caritativamente auxilio al necesitado sin diferencia de clases, sexos ni personas, sirviéndoles en sus dolencias y enfermedades no sólo en los hospitales y otras casas de beneficencia, sino también en las particulares en que sean llamadas las Hermanas; instruir a las niñas en la doctrina cristiana y demás ramas del saber que sea posible; cuidar, en fin, y auxiliar a cuantos reclamen, según Regla y por Dios, sus servicios; tal es el objeto de la Congregación de Agustinas Hermanas del Amparo, pues sus vastas aspiraciones de caridad se extienden hasta donde alcanzan los confines de tan sublime virtud reina de todas, a imitación de su clementísima Madre la Santísima Virgen, cuyo caritativo manto cobija a todos los necesitados y encuentran todos en su tierno corazón el consuelo y alivio que su aflicción reclama.

b)Para llenar fin tan noble y elevado, tendrán presente las Hermanas que sirven a Jesucristo en la persona de los enfermos y desvalidos, pues Él terminantemente dice en el Evangelio: que recibirá como hecho a sí mismo lo que se haga para cada uno de ellos. Abandonarán, por lo tanto, cualquier otra obra de supererogación, si se ha de perjudicar en lo más mínimo a esta obligación fundamental y principal medio de santificación.

c)Las jóvenes que llamen a la puerta de la Congregación deberán proponerse este fin y no se considerarán llamadas por Dios a formar parte de ella si no están verdaderamente animadas a desempeñar los diferentes extremos que abraza. 

16. Para conseguir aptamente nuestro fin, esto es lo que principalmente debemos observar:

a)La consagración a Dios a través de los votos religiosos, fuente de vida común y actividad apostólica.

b)El culto divino, principalmente litúrgico.

c)La plena vida común.

d)La entrega en común y personal al cultivo de la vida interior y al estudio, sobre todo de las ciencias sagradas.

e)La actividad apostólica propia de nuestra Congregación, en conformidad con las necesidades de la Iglesia.

f)La dedicación solícita al trabajo, bien sea manual o intelectual, en favor de la Comunidad.

Solicitud por toda la familia agustiniana

17. Como miembros de una Congregación que forma parte de la Familia Agustiniana, debemos fomentar las relaciones fraternas y favorecer la ayuda y colaboración con cada una de sus partes, conscientes de que así prestaremos un servicio mejor a la Madre Iglesia.

Testimonio

18. La experiencia de la fraternidad sincera y la dinámica tendencia agustiniana a la verdadera amistad, al amor y ayuda mutuos deben imprimir una característica peculiar a las obras de nuestro apostolado y ser testimonio viviente de la activa Comunidad cristiana.

19. Signo gráfico claro de nuestra vida lo tenemos en el escudo o insignia oficial de la Orden, sobre la  Biblia se levanta un corazón transverberado por el dardo de la caridad, que suscita la Palabra de Dios.

Capítulo II. Espiritualidad de la Congregación.

20. La espiritualidad de nuestra Congregación es la de la Orden Agustiniana. Hemos de conocerla y vivirla para lograr más fácilmente y con mayor seguridad nuestros ideales. 

21. El código fundamental de nuestra espiritualidad lo tenemos en la Regla, complementada con los rasgos principales de la fraternidad apostólica a la luz de la doctrina y preclaros ejemplos de nuestro Padre San Agustín que debemos sernos modelo y regla de toda nuestra acción y con las orientaciones de nuestro Padre Fundador.

Aspecto evangélico y eclesial

22. Nuestra espiritualidad es ante todo evangélica y eclesial. Por eso, al principio de la Regla, lo primero y principal que se nos manda es observar el Evangelio, sintetizado en los preceptos del amor de Dios y del prójimo viviéndolo al estilo de la primitiva Comunidad eclesial de Jerusalén, organizada bajo la dirección de los Apóstoles. 

23. El fervor de la vida evangélica y eclesial se ha de renovar cada día más en cada una de nosotras y en toda la Congregación. Para lograrlo, se ha de observar la antiquísima disposición de la Orden de que cada una lea con avidez, oiga con devoción y aprenda con entusiasmo la Sagrada Escritura sobre todo el Nuevo Testamento, pues en casi cada una de sus páginas no resuena más que Cristo y su Iglesia.

Comunión de vida

24. La vida agustiniana se basa sobre la comunidad o, mejor dicho, sobre la comunión, en sus cuatro formas: comunión de cohabitación local, de unión espiritual, de posesión temporal y de distribución proporcional, según las necesidades de cada uno.

25. La comunión más importante es la de la unión espiritual, sin la que nada vale la comunión de cohabitación local. Es necesario, pues, que si nos hemos reunido en comunidad corporalmente, habitemos juntas espiritualmente. Nada aprovecha que nos acoja una misma casa si nos separa una voluntad diversa. Dios se fija más en la unidad de voluntad que en la de lugar. Seamos muchos cuerpos, pero no muchas almas: muchos cuerpos, pero no muchos corazones. Tal debe ser siempre nuestra actitud, para que nuestras almas no sean varias almas, sino una sola alma, el alma única de Cristo y todas nosotras aparezcamos como una sola, como un solo Cristo, amándose a sí mismo.

26. Aunque esta santa comunión de vida entre las Hermanas es un don de Dios; sin embargo, cada una de nosotras debe esforzarse de todo corazón en perfeccionarla, hasta llegar a odiar en su alma el afecto privado, que es ciertamente temporal y amar el amor social, al ejemplo de aquellos que tenían una sola alma y un solo corazón hacia Dios; amor que continuará en la ciudad celestial, que será la perfección de nuestra unidad después de esta peregrinación. De esta unidad tratan de ser signo nuestras Comunidades, teniendo presente como ideal la perfectísima Comunidad de la indivisa Trinidad, en la que hay tres personas en un solo ser

27. Una sincera humildad y una profunda pobreza, sobre todo individual, son el fundamento de nuestra vida común y espiritual. Las dos están tan íntimamente compenetradas que nadie puede ser considerado pobre de Dios, como lo fue Agustín, a no ser que sea humilde.

28. La humildad y la pobreza nos hacen considerar todos los bienes, los materiales y espirituales, bienes de todas;  pues no los reconocemos propios, sino dados por Dios, para que los administremos, sintiéndonos todas responsables de la administración confiada a cada una de las Hermanas.

29. Vivamos la vida de comunidad de tal manera en pobreza y humildad que nuestra santa sociedad sea signo de la unidad de caridad que late en nuestros corazones y que nos hace templo de Dios, no sólo a cada una, sino también a todas juntas. Según el grado en que cada una se entregue al cuidado de las cosas comunes, aparecerá la medida de su progreso en la perfección.

Personalidad y libertad

30. En la Comunidad agustiniana, la personalidad, más bien que ser absorbida se ha de desarrollar; porque la Comunidad es fruto de la amistad, que suscita y nutre la fidelidad, la confianza, la sinceridad y la comprensión mutua.

31. La amistad nos une en Cristo, para buscar mejor a Dios y anunciar su reino, y acrecienta la libertad en la Comunidad, en la que una visión amplia y sana promueve el diálogo abierto, y cada miembro dispone de la autonomía necesaria, para poder servir mejor a Dios como auténtico soldado de Cristo, según aquello de nuestro Hermano Egidio de Roma: no se ha de impedir a nadie opinar lo contrario en lo que se puede opinar contrariamente sin peligro de la fe; porque nuestro entendimiento no se ha de sentir cautivo en obsequio al hombre, sino en obsequio a Cristo.

Búsqueda de Dios 

32. Esta libertad tan respetable nos hace más fácil y eficaz el cumplimiento de nuestro común deber de buscar a Dios, siguiendo a Cristo, Palabra encarnada, camino, verdad y vida.

33. Tenemos que dedicarnos a la búsqueda de Dios para dar respuesta al hambre insaciable que siente nuestra alma, por haberla hecho Dios, aunque en su ser finita, constitucionalmente orientada a gozar del bien infinito, de Dios, a quien San Agustín dice: Nos hiciste para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti.

34. La búsqueda de Dios nos la exige el principio fundamental de la espiritualidad agustiniana: somos imagen de Dios, deformada con el pecado, pero que se reforma con la gracia, mediante nuestra intensa colaboración; pues, al decir de nuestro Padre San Agustín, quien te hizo sin contar contigo no te justifica sin tu colaboración. 

35. Para lograr mejor esta reforma o renovación, hemos de atenernos de un modo muy particular, al principio de interioridad. Es, pues, necesario que, hasta acogiendo la voz amonestadora de las criaturas, nos volvamos siempre a nosotras mismas y, entrando en nuestro interior, pongamos todo esfuerzo en perfeccionar el corazón, para así llegar a Dios, orando continuamente con la oración del deseo y escuchando la exhortación de San Agustín. No quieras irte fuera, vuelve a ti mismo; en el hombre interior habita la verdad; y si encuentras que tu naturaleza es mudable, trasciéndete a ti mismo. Tiende allí donde se enciende la luz de la razón. Y ora: ¡Dios siempre el mismo, conózcanme a mi, conózcate a ti! 

Unidad y oración

36. Para conservar y aumentar la unión entre las Hermanas no ha de faltar nunca la oración, mejor que la cual no hay nada. Ella expresa y favorece de un modo muy adecuado a través del rezo en común la unidad de caridad. Si faltase esta unidad, a la expresión externa habría que llamarla hipocresía: se bendeciría con los labios y se maldeciría con el corazón.

37. La oración común ha de brotar de la abundancia de la íntima comunión entre las Hermanas y ha de brindarnos la ocasión de examinarnos, por medio de los signos que son las palabras, de cómo procede nuestra oración de corazón, a la vez que nos ha de ayudar a conocer nuestro progreso en ella y el modo de ejercitarla cada día con mayor intensidad. Es oración toda nuestra vida si solo se dirige a Dios y no a otras cosas. 

Oblación de si mismas

38. Dado que no somos perfectas, sino que tenemos que perfeccionarnos, solamente podremos vivir nuestra auténtica vida de comunidad si cada día llevamos nuestra cruz por amor a Jesús, con toda humildad y mansedumbre, con paciencia, sobrellevando mutuamente nuestras cargas, solícitas de conservar la unidad del Espíritu mediante el vínculo de la paz.

39. No nos olvidemos de suplir las mortificaciones corporales con los trabajos y penalidades inseparables del servicio de los enfermos y desvalidos y con los demás sacrificios que nos imponga el cumplimiento de nuestra misión. 

40. Ofrezcamos todo a Dios y ofrezcámonos nosotras con la Comunidad de todos los redimidos que en sacrificio universal se ofrece a Dios por medio del Gran Sacerdote, que también se ofreció a sí mismo por nosotros en su Pasión, para que fuéramos Cuerpo de tan excelsa Cabeza. Y lo somos, junto a María, Madre de Jesús, preclara figura de la Iglesia y ciertamente Madre de sus miembros, porque cooperó con la caridad al nacimiento de los creyentes en la Iglesia. 

Apostolado

41. Impulsadas por el amor a la verdad, la interioridad nos lleva, como a San Agustín, a dedicar todos los recursos de nuestra alma al cultivo de las cosas interiores. Sin embargo, urgidas por la fraternidad apostólica y por las exigencias de la caridad, no podemos por menos de comunicar, con nuestra actividad apostólica, a la Comunidad eclesial y a la humanidad cuanto Dios se ha dignado obrar en nosotras y en nuestra Comunidad. En todos vemos a Cristo y reconocemos la imagen de Dios, en cuya renovación queremos colaborar.

42. El apostolado forma parte integral de nuestra vida religiosa, que encuentra en él nuevas fuerzas y estímulo. Al ejercerlo, hemos de armonizar de tal manera, en equilibrio perfecto, los deberes de la contemplación y de la acción, que no se pierda el gusto por la verdad y nos opriman las exigencias de la caridad.

Conclusión

43. Lo mismo en la contemplación que en la acción representamos siempre a Cristo, humilde y sincero, sencillo y prudente, paciente y alegre, sumiso a la voluntad del Padre y lleno de confianza en su providencia. Mantengámonos abiertas al Espíritu, para saber responder a las exigencias de la Iglesia. Hagamos todo por amor de Dios, cumpliendo nuestra misión en paz y con humildad, gozando en la esperanza y esperando la corona de la vida, con la que Dios, al premiar nuestros trabajos, no hará más que coronar sus dones. 

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