El Jubileo de los Jóvenes, celebrado en Roma, fue para mí una experiencia que dejó huella en mi corazón. Sólo pude estar dos días, y uno de ellos fue la vigilia con el Papa León XIV, donde sentí que el Señor me regalaba un tiempo de gracia intensa, un tiempo para crecer en la fe y en el seguimiento de Jesús.

Lo que más me impresionó fue la fuerza y la ilusión de tantos jóvenes reunidos en torno al Papa. En un mundo que tantas veces parece dominado por la indiferencia, por el egoísmo y por tantas dificultades, nosotros pudimos mostrar que la fe sigue viva, que los jóvenes queremos seguir a Cristo y que no tenemos miedo de hacerlo juntos. Ese ambiente de fraternidad y de esperanza me llenó de alegría y me hizo sentir parte de una Iglesia viva.

El testimonio del Papa, su cercanía, su palabra sencilla y profunda me encantaron, y me gustó ver como es un buen pastor que nos conduce hacia Cristo. También la misa del día siguiente fue un gran regalo. Celebrarla junto a tantos hermanos y con el Papa presidiendo fue como un anticipo del cielo, un recordatorio de que la Eucaristía es siempre el encuentro con el Amor que nunca nos abandona.

A la vuelta, en mi vida cotidiana tengo la certeza de que el Señor está siempre a mi lado. Este Jubileo me ha dado fuerzas nuevas para afrontar las dificultades, para vivir con más confianza y para anunciar con alegría que Jesús es el que da sentido a nuestra vida.
María Villalonga












