Duración total estimada: 20–25 minutos
Lugar sugerido: Un rincón tranquilo, con una vela encendida y, si puedes, una imagen que te conecte con Dios.
1. Entrar en el silencio (3 minutos)
“No salgas fuera de ti, vuélvete a tu interior, que en el interior habita la verdad.” — San Agustín
Haz una pausa. Respira hondo tres veces.
Deja que el silencio te abrace, sin luchar contra los pensamientos. Solo acoge.
Haz esta sencilla oración:
Señor, tú estás aquí.
Dentro de mí.
En el fondo más sereno de mi alma.
Enséñame a estar contigo, sin prisas, sin máscaras, solo en verdad.
2. Escuchar tu interior (7 minutos)
Lee este texto despacio, dos veces si puedes:
“Dios no está lejos. No hay que buscarle en el ruido ni en las alturas. Él susurra en tu interior: ‘Estoy contigo. No temas. Confía’.
A veces, el corazón está lleno de dudas o heridas, pero justo ahí es donde Dios más se deja ver.
Él no se asusta de tus grietas. Las acaricia.
¿Dónde necesitas hoy su ternura?”
Pistas para meditar:
- ¿Qué me inquieta por dentro? ¿Qué me ilumina?
- ¿Dónde necesito que Dios me abrace hoy?
- ¿Qué voz interior me está hablando… y no me atrevo a escuchar?
Termina con esta frase:
Señor, quédate en mí. Haz tu morada en mi fragilidad.
3. Sal al encuentro (8 minutos)
Ahora piensa:
¿Quién me necesita hoy? ¿A quién puedo llevar un poco de consuelo o esperanza?
Piensa en un rostro, en un nombre.
Piensa también en pequeños gestos: una llamada, una sonrisa, una escucha, un mensaje.
Lee esta lectura de Lucas
Aquel mismo día, dos de los discípulos iban caminando hacia un pueblo llamado Emaús. Iban conversando sobre todo lo que había pasado. Mientras hablaban, Jesús se acercó y caminaba con ellos…
Él les preguntó: «¿De qué habláis por el camino?»
Ellos se detuvieron, con el rostro triste. Uno de ellos respondió: «De Jesús, el Nazareno… Teníamos la esperanza de que él sería el liberador…»Al llegar al pueblo, Jesús hizo ademán de seguir adelante, pero ellos le insistieron: «Quédate con nosotros, porque atardece». Y él entró y se quedó con ellos.
Cuando estaba a la mesa, tomó el pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio. Entonces se les abrieron los ojos y lo reconocieron…
Y se decían el uno al otro: «¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?»
Haz esta oración:
Señor, enséñame a ser tus manos.
Acompáñame en cada encuentro.
Que donde haya soledad, yo sea presencia.
Que donde haya oscuridad, yo lleve luz.
4. Cierre: Enciende la llama (2 minutos)
Agradece. Nómbrale al Señor un solo deseo:
Señor, quiero… (díselo desde el corazón)
Y repite con calma:
Enciende la llama que hay en mí.
Y que no se apague.
Dios te salve María, llena eres…












