San Agustín
San Agustín es para nosotras mucho más que un santo de la historia: es un maestro y compañero de camino que sigue inspirando nuestra espiritualidad y misión. Nació en Tagaste (actual Argelia) en el año 354 y, tras una juventud marcada por la búsqueda y el desconcierto, vivió una profunda conversión que lo llevó a ser uno de los pensadores más influyentes de la Iglesia. «Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva», escribió al descubrir que Dios había estado en su vida aún cuando él no lo veía.
San Agustín nos enseña a mirar hacia adentro y a descubrir en la interioridad la presencia de Dios: «Dios es más íntimo a nosotros que nuestro propio ser». Por eso, nuestra vida se basa en el encuentro con ese Dios cercano y amoroso que habita en el corazón humano. Este mensaje nos anima a vivir cada día con una mirada de confianza y esperanza, a ser «peregrinas del amor» que transforman las dificultades en caminos hacia la paz.
Un solo corazón y una sola alma
Su legado nos recuerda también el valor de la comunidad: Agustín soñaba con comunidades unidas en el amor y la verdad. Para nosotras, vivir juntas significa compartir, sostenernos en los momentos difíciles y celebrar los dones que Dios nos da. Como él decía: «Un solo corazón y una sola alma dirigidos hacia Dios». En nuestras comunidades, buscamos ser ese hogar donde cada hermana pueda ser ella misma y donde juntas construimos un espacio de fraternidad auténtica.
Pero la enseñanza de Agustín va más allá de lo personal y lo comunitario: nos impulsa a amar sin límites. El amor al prójimo es la expresión más concreta de la fe. En cada gesto de servicio, nos esforzamos por mostrar que el amor de Dios es real y cercano. Como decía el santo: «La medida del amor es amar sin medida». Esta frase es un recordatorio de que el amor verdadero se dona sin esperar nada a cambio.
Por eso, nuestra misión como Agustinas Hermanas del Amparo está marcada por la convicción de que cada encuentro es una oportunidad de gracia. Creemos que ser «manos y corazón de Cristo» significa ser presencia viva de su amor en el mundo. Cada palabra amable, cada gesto de acogida y cada acto de justicia es un reflejo del Reino de Dios. Inspiradas por San Agustín, queremos ser ese abrazo, paz y esperanza que llena los vacíos y supera los errores. Así, nuestra respuesta al llamado de Dios es alegre, comprometida y decidida a hacer de nuestra vida un mensaje de amor que nunca termina.
Un solo corazón y una sola alma
Su legado nos recuerda también el valor de la comunidad: Agustín soñaba con comunidades unidas en el amor y la verdad. Para nosotras, vivir juntas significa compartir, sostenernos en los momentos difíciles y celebrar los dones que Dios nos da. Como él decía: «Un solo corazón y una sola alma dirigidos hacia Dios». En nuestras comunidades, buscamos ser ese hogar donde cada hermana pueda ser ella misma y donde juntas construimos un espacio de fraternidad auténtica.
Pero la enseñanza de Agustín va más allá de lo personal y lo comunitario: nos impulsa a amar sin límites. El amor al prójimo es la expresión más concreta de la fe. En cada gesto de servicio, nos esforzamos por mostrar que el amor de Dios es real y cercano. Como decía el santo: «La medida del amor es amar sin medida». Esta frase es un recordatorio de que el amor verdadero se dona sin esperar nada a cambio.
Por eso, nuestra misión como Agustinas Hermanas del Amparo está marcada por la convicción de que cada encuentro es una oportunidad de gracia. Creemos que ser «manos y corazón de Cristo» significa ser presencia viva de su amor en el mundo. Cada palabra amable, cada gesto de acogida y cada acto de justicia es un reflejo del Reino de Dios. Inspiradas por San Agustín, queremos ser ese abrazo, paz y esperanza que llena los vacíos y supera los errores. Así, nuestra respuesta al llamado de Dios es alegre, comprometida y decidida a hacer de nuestra vida un mensaje de amor que nunca termina.
